¡SUMÉRGETE!

Por: Tailyn Miranda

En mi gran aflicción clamé al Señor y el me respondió. Desde la tierra de los muertos te llamé, ¡Y tú, Señor, me escuchaste! Me arrojaste a las profundidades del mar y me hundí en el corazón del océano. Las poderosas aguas me envolvieron; tus salvajes y tempestuosas olas me cubrieron. Entonces dije: “Oh Señor, me has expulsado de tu presencia; aun así volveré a mirar hacia tu santo templo” Jonás 2:2 NTV

Recuerdo hace algunos años mi novio –en ese entonces- me contó que había conocido a un campeón de apnea y que estaba pensando hacer un curso con él. La idea era que el curso pudiera ayudarlo a controlar mejor el estrés constante al que él estaba sometido producto de su trabajo en la bolsa de valores. Me preguntó si quería hacer el curso y yo sin pensarlo mucho (suponiendo que se trataba de algo motivacional o de relajación) acepté. Pequeña sorpresa me llevé cuando al cabo de unos días me llama mi novio preguntando cuál era mi talla de zapatos y me comenta que está comprando las chapaletas, el traje de neopreno y las caretas. Yo sorprendida pregunté y ¿para qué es todo esto? A lo que él respondió: “para el curso de apnea que vamos a hacer”.

Por un momento me congelé. Siempre he tenido amor y fascinación por el mar y el agua en general, pero eso de sumergirme y aguantar la respiración quien sabe por cuánto tiempo sonaba como algo que naturalmente yo no haría. Ya había dicho que sí, no podía hacer otra cosa que seguir adelante e intentarlo. Las clases comenzaron con apnea estática en piscina. Era el mes de enero y hacía algo de frío en Caracas lo cual hacía un poco difícil que me sintiera cómoda en ese ambiente. Sentía frío, me molestaban las chapaletas, me dolían los oídos porque no sabía compensar la presión cuando estaba dentro del agua, pero, sobre todo, cada vez que tenía que sumergirme el miedo me invadía y nunca llegaba a la capacidad que mis pulmones podían soportar, siempre me salía antes de tiempo.

La prueba final fue en mar abierto.  Había que nadar con el equipo hasta una boya en donde había una cuerda que serviría de guía metros abajo. La prueba, consistía en sumergirse sosteniendo la cuerda con tus manos hasta lo más profundo que pudieras llegar y luego regresar lentamente. No me da pena admitir que pasé la mayor parte del tiempo agarrada de la boya. Cuando llegó el momento de sumergirme, el profesor advirtió que había poca visibilidad por la época del año en la que estábamos. Nuevamente, hice mi mejor esfuerzo, pero el miedo estaba mandando una vez más.  El no poder ver con claridad interfería en mi objetivo final. No me atrevía a bajar a las profundidades, a liberar mi mente, a confiar y a sumergirme completamente.

Cuando todo esto pasó recuerdo que nos invitaron un día más a la piscina, sin ánimos de evaluación, sólo para practicar una vez más. Recuerdo que ya no hacía tanto frío, la temperatura del agua estaba perfecta. Ese día, por primera vez pude disfrutar de hacer de apnea. Mi mente logró compenetrarse en el ambiente en el que estaba inmersa y logré hacer el mejor tiempo de toda la temporada. No tenía miedo, simplemente estaba integrada con el agua que me rodeaba, no tenía necesidad de buscar nada afuera de allí, no tenía que cumplir con expectativas, estaba viviendo el momento un segundo a la vez, estaba entregada en la actividad y estaba fluyendo.

Hace unos días, sentí una nostalgia profunda por el mar, motivada supongo por la imposibilidad de disfrutarlo en estos momentos, y me pregunté: ¿Qué significa el océano para mí? ¿Por qué me atrae el agua? Palabras empezaron a salir de mi cabeza y procedí a tomar nota: El agua limpia, purifica, hidrata, moldea, remueve. Pero, ¿qué significa sumergirme? Dejar de respirar, adaptarnos, morir a nuestro ambiente y zona de comodidad, aguantar, aprender a ver en la oscuridad, adaptación, luchar, nadar, entrar, salir, incomodidad, fuerza, movimiento, confianza, leer tu entorno, aprender a esperar.

Quiero que te detengas por un momento y pienses en cada una de estas palabras y cómo de alguna manera se relaciona con alguna situación que puedas estar viviendo.  ¿Has experimentado alguna de ellas? ¿Cómo te has enfrentado a esa situación?  La historia de Eliseo y Naamán en 2 de Reyes nos habla de la incredulidad y la resistencia de Naamán hacia el mandato que le había hecho Eliseo para lograr su sanación. Sumergirse siete veces en el Jordán parecía algo muy sencillo y que podría hacerse en cualquier otro lugar. A veces cuestionamos las instrucciones que Dios nos da, porque intentamos razonarlas con nuestro entendimiento, pero el propósito y los caminos de Señor, son siempre  mayores. 2 Reyes 5:14 dice: “Entonces Naamán bajo al rio Jordán y se sumergió siete veces, tal como el hombre de Dios le había indicado. ¡Y su piel quedó tan sana como la de un niño, y se curó!”

Recordé la historia de Jonás cuando estaba sumergido en las profundidades del mar y clamó al Señor quien lo rescató y lo devolvió a la vida. Jonás 2:2 NTV dice: “En mi gran aflicción clamé al Señor y él me respondió. Desde la tierra de los muertos te llamé, ¡Y tú, Señor, me escuchaste! Me arrojaste a las profundidades del mar y me hundí en el corazón del océano. Las poderosas aguas me envolvieron; tus salvajes y tempestuosas olas me cubrieron. Entonces dije: “Oh Señor, me has expulsado de tu presencia; aun así volveré a mirar hacia tu santo templo”.

Me encanta esta oración porque nos recuerda dos cosas. En cualquier prueba por la que estemos pasando, siempre podemos volver la mirada y clamar al Señor. La segunda –aún más poderosa- A pesar de que por momentos no lo parezca o no tengamos una respuesta inmediata Dios siempre nos escucha. Este tiempo de tormenta, en la que todos hemos sido movidos de alguna u otra manera es una oportunidad perfecta para intentar sumergirnos en la presencia de Dios. Meternos en la intimidad y usar su palabra como esa cuerda que nos guía mientras bajamos un nivel más. La Biblia nos reafirma en Proverbios 30:5 NTV que Toda palabra de Dios demuestra ser verdadera. Él es un escudo para todos los que buscan su protección.

Se que a veces es difícil tener este pensamiento cuando estamos siendo arrastrados o envueltos por una prueba como la que hoy vivimos. Pero te invito a pensar ¿qué significa estar sumergido para ti? Cuando los surfistas quieren tomar una ola, no importa que tan bueno sean, deben primero ser capaces de atravesar la rompiente. Y esto, más que la habilidad de saber leer una ola a lo lejos o el equilibrio que deben tener para mantenerse en pie, demanda en primer lugar, fuerza en sus brazos para nadar contra una corriente que los empuja constantemente hacia a la orilla y esto resulta ¡agotador! Te lo digo con propiedad.

¿Pero sabes qué hacen los surfistas cuando la ola está a punto de reventarles encima? Toman suficiente aire y se sumergen…¡pues es la manera más eficiente de ganarle a la corriente!

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